Hace unas semanas escribía sobre mis dos hijos y su relación. Es muy interesante verlos interactuar. Es algo que, cuando no lo has vivido, te deja sin palabras, te conmueve, te fascina. Me acuerdo de mi amiga Yolanda que me lo decía sobre sus hijos, Clara y Martín; ella asistía emocionada al espectáculo de verlos conocerse y quererse y descubrirse poco a poco. Cuando eso ocurre, cuando se dan esos momentos, a mí me pasa lo mismo.
Mis hijos pelean y se odian y se muerden y se pegan y se abrazan a partes iguales, o casi iguales. Aquí parece que Matías lo tiene dominado, pero luego en realidad se lanza sobre su hermano para darle un gran abrazo. Es bonito de ver.
La noche que siguió a esta tarde, ocurrió algo similar. Yo había estado leyendo alguna historia de un gato, y quizás soñaba con este, cuando empezó el gato a maullar. Miau. Miau. Miau. Miau. Mau. Mau. Ma. Ma. Ma. Mama. El gato no era tal, era Matías. Esto pasa con alguna frecuencia a mitad de la noche y yo casi siempre me levanto. Pero estaba tan cansada (esto también pasa con alguna frecuencia), que decidí no moverme y esperar a ver si se calmaba solo. La espera no duró mucho.
De repente fue el grito contundente de su hermano en el pasillo: "Mamá, Matías está llorando. Ven ya." Eso nunca pasa (o con muy poca frecuencia), pues Lucas prácticamente no oye a Matías. Pero esta noche, quizás por la contundencia del abrazo fraternal, Lucas se despertó y me llamó para que fuera a consolar a su hermano. Yo, por supuesto, obedecí. ¿Qué más podía hacer?
1 comentario:
Que maravilla que se tengan el uno al otro, me encanta el abrazo.
mitin
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