Mis papás vivieron en Estados Unidos durante los primeros años de mi infancia. Eso hizo que, al regresar a Bogotá, tuviéramos lo último en tecnología, que de hecho todavía conservamos: un fantástico equipo de sonido, incluyendo un 8-track, una cámara de filmar, un proyector de diapositivas, un proyector de cine... además de la nevera, lavadora, secadora y lavavajillas que todavía están en la casa de mi mamá. "Technology made to last".
Recuerdo que alguna noche nos poníamos con mi mamá a mirar fotos proyectando las diapostivas en la pared. También veíamos películas de Súper 8 que se movían rapidísimo, y estas incluían algunas de la infancia de mi mamá y mis tías, con paseo a Villeta y baño en el río, y otras cosas de las que ya no me acuerdo.
Y cuando veíamos las fotos proyectadas en la pared yo, invariablemente, lloraba y decía: "¡Quiero volver a ser chiquita!". Al punto, creo, que tuvimos que dejar de ver las fotos para que no me dieran esos ataques de nostalgia.
Ha pasado el tiempo y de alguna manera he superado al menos esta nostalgia. Pero la reconozco cuando veo a Lucas sentirla. Y eso es con alguna frecuencia. (Que no se vea en la foto de arriba!!!)
El otro día hizo este dibujo con las fichas del Kapla.
El texto dice "TE CIERO IRA" y hay, evidentemente, un hurón.
Él no recuerda a Ira, nuestro hurón que murió cuando Lucas no tenía más que 3 meses, pero la echa de menos y sufre porque Ira ya no está. Él nunca quiere que la fiesta se acabe, o que el viaje termine, aunque se llegue a un destino precioso. Él no quiere dejar atrás nada ni a nadie; quiere conservarlo todo. Él no lo dice con tantas palabras, y entonces soy yo la que proyecta: porque yo ya no siento nostalgia de ser chiquita, pero comparto con él este afán de no perder, de no dejar ir, de no dejar escapar...
Hoy vimos una paloma muerta en el parque. Y yo, en lugar de dirigir la vista de Lucas hacia el otro lado, le dije "Mira, una paloma muerta". (¿Por qué, por qué, por qué?) De inmediato se le aguaron los ojos, impotente ante la escena; aquí ya no había nada que pudiéramos hacer para evitarlo o para remediarlo. Excepto, claro, encontrar al culpable o explicarlo de alguna manera. Fue entonces cuando vio al gato negro merodeando, y lo miró con odio. El asesino. Yo no creo que haya sido el gato, pero tampoco pude dar ninguna otra explicación. Para mí, la muerte de la paloma (...) es un misterio. Como el hecho de habérsela enseñado (¿Por qué, por qué, por qué?). Hablamos un poco sobre morir, y él entendió que era definitivo, triste, permanente.
Suerte que los niños cambian de tema rápido. Si no, creo que habríamos tenido que regresar y hacerle un entierro. O algo así.
3 comentarios:
que linda entrada!!! me hacen falta!
Se me hizo nudito en la garganta :>
Recuerdo muy bien esos momentos de nostalgia.
mitin
Publicar un comentario